Nos han vendido que sin dolor no hay progreso, que hay que sufrir para triunfar.
Cualquier atleta, numerosos bailarines y músicos asi como la mayoría de personas que se recuperan de lesiones y accidentes de toda clase parecen creer que si se esfuerzan mucho y aprietan los dientes para no notar el dolor , sus marcas mejoraran, sus lesiones se rehabilitaran más deprisa y alcanzaran al ritmo del látigo con el que se espolean a si mismos la forma física tan deseada.
El dolor es el sistema corporal de alarma que nos informa de que algo no va bien, de que tenemos que parar y hacer algo distinto.
La investigación del cerebro muestra como el dolor crónico produce pérdida de conexiones con el área dolorida. El mapa corporal se empobrece, pierde territorio de movilidad y acceso funcional.
Cuando un músico o un atleta fuerzan el movimiento de un brazo u hombro doloroso, no sólo sufren sino que también acaban perdiendo fuerza y destreza en el área. Su rendimiento se deteriora , el dolor empeora y finalmente el cerebro con un poco de suerte, desconecta la zona , para que no moleste más.
El dolor es casi siempre el resultado de mal uso, de un movimiento mal organizado.
Para aprender a movernos de un modo distinto que nos permita recuperarnos de una lesión o un dolor de cualquier clase, lo primero que tenemos que hacer es frenar y reducir la marcha. Ir más despacio es la primera medida. A veces ni siquiera es necesario nada más para darle al cerebro la oportunidad de aprender nuevos modos de moverse sin dolor.
Cuando nos movemos deprisa , solo repetimos lo que ya sabemos, los patrones automáticos, ya aprendidos y almacenados en el cerebelo que son conductas automáticas y en general son la causa misma del dolor del que deseamos librarnos.
El movimiento rápido impide notar los matices sutiles que iniciaran los cambios necesarios y hace más profundo el surco neuromuscular hasta que finalmente es tan profundo que nos aprisiona en los circuitos del dolor.
Si podemos ralentizar el movimiento y empezar a hacer conscientes los cambios sutiles, estos pequeños cambios sutiles serán el “camino de miguitas” a seguir para volver a casa.
Cuando descendemos el esfuerzo al mínimo, reduciendo la fuerza o la intensidad con la ejecutamos el movimiento, el cerebro empieza a notar diferencias sensoriales claves y esta es la información que usara para configurar nuevos modos de mover el cuerpo mas eficientemente.
Al ir más despacio el cerebro puede empezar a distinguir cuales son los elementos útiles y cuales son innecesarios y de ese modo conservar o desechar aspectos para reconstruir nuevas pautas y habilidades.
Simplemente reduce la velocidad a la que te mueves y notaras un nuevo universo de sensaciones y posibilidades emerger.
